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martes, 22 de diciembre de 2020

MIR: 55 AÑOS JUNTO AL PUEBLO, HACIENDO CONCIENCIA Y LUCHANDO POR LA REVOLUCION – Parte XII

"Dos tácticas se ofrecen a la clase obrera y al pueblo. Una, que establece que no es posible profundizar la ofensiva popular, pues encendería de inmediato el enfrentamiento, que es necesario ganar tiempo; se mantiene al interior de la institucionalidad burguesa, a la que no deja de criticar, pero al no dar una salida alternativa a ésta, se abren al diálogo con sectores del campo contrario, el que sólo pueden construir devolviendo empresas y haciendo concesiones. Esta táctica está irremediablemente condenada al fracaso, pues buscando aliados en el campo contrario los pierde en el propio.

La otra táctica es la táctica revolucionaria. (…) que ha puesto en práctica la clase obrera y el pueblo en las semanas recientes. [Ella] consiste en reforzar y ampliar la toma de posiciones en las fábricas, fundos y distribuidoras. (…)

Desarrollando la fuerza de los trabajadores fuera de la institucionalidad burguesa, estableciendo el Poder Popular en los Comandos Comunales, los Comités de Defensa, multiplicando y extendiendo la ofensiva popular”

–Miguel Enríquez, discurso en el Teatro Caupolicán, 17 de julio 1973

 

 

El período prerrevolucionario, de la esperanza popular a la hecatombe golpista: Julio – Agosto 1973

 

Luego de producido el “Tanquetazo”, 29/6, las fuerzas de la izquierda revolucionaria intentan lanzar una contraofensiva desde las organizaciones naturales de las clases subalternas y los embriones de poder popular que se habían ido creando en el período prerrevolucionario. Sin embargo, la reacción había conseguido escalar y extender su complot hasta la cabeza de las FF.AA. y de Orden, y estaba logrando su objetivo de “hacer chillar” la economía. Por su parte, la UP y los sectores reformistas cedían terreno en la defensa del proceso y optaban por vanos acuerdos con el PDC, retardando y entorpeciendo cualquier acción de franca resistencia popular a la arremetida opositora.

 

Tanto en el campo como en las ciudades, había miles de hombres y mujeres dispuestos a empuñar las armas en defensa del gobierno popular y los derechos conquistados. En varias ocasiones el MIR solicitó al comandante Fidel Castro su apoyo en armamento para el desarrollo de milicias populares, pero –según Pituto (A. Pascal, Apuntes para una historia del MIR)- invariablemente el líder cubano respondió que lo haría siempre que Allende lo autorizara. Y éste jamás aceptó. Salvo armamento menor e instrucción para la seguridad personal de Allende (GAP), junto con el resguardo de algunos locales, el gobierno nunca optó por formar mandos militares propios o por traer medios para armar a los sectores populares. El poder disponer de tales recursos, en la práctica, hubiera permitido construir una capacidad propia de defensa del gobierno legítimo apoyándose en palancas institucionales, pero -sobre todo- en la disposición de lucha del pueblo organizado. Se argumentará que ello hubiera precipitado un quiebre de las FF.AA. y una guerra civil, pero la historia ha demostrado que la renuencia del reformismo a desarrollar la suficiente capacidad material para la defensa del gobierno popular, la incorporación de los militares al gobierno, y las concesiones a la reacción, como la devolución de empresas, la Ley de Control de Armas (LCA), etc., no impidieron el derrocamiento del gobierno y que la oficialidad golpista, alentada por el conjunto de la reacción, desatara una sangrienta guerra contra un Movimiento Popular (MP) desarmado.

 

Fue tarea de Miguel, Arturo Villabela AraujoCoño Aguilar- y el Pituto, todos de la dirección nacional mirista, elaborar el plan estratégico de lucha político-material contra el golpismo, el que fuera aprobado por el CC en febrero del 72. Se redactó sobre la base de factores que cambiaban vertiginosamente dentro del período prerrevolucionario, en lo que explica también la incertidumbre relativa que tuvo el desempeño estratégico del MIR durante aquella etapa. En lo central, se apoyaba en la posibilidad de ser capaces de ganar la carrera contra el tiempo en la acumulación de fuerza revolucionaria, social, política, material e ideológica, superando la conducción reformista del MP y tomando la iniciativa en el enfrentamiento directo al golpismo, logrando el triunfo o -al menos- una continuidad de la lucha en condiciones de cierto equilibrio de fuerzas político-materiales. Para encarar la disyuntiva, el diseño en cuestión contemplaba la constitución de fuerzas que operasen en zonas geográficas y condiciones alternativas. El problema era que para tomar la iniciativa y golpear ofensivamente a los golpistas y derrotarlos había que hacerlo en los espacios urbanos, constituyendo amplias unidades milicianas regulares, articuladas con las tropas militares que pudiéramos desgajar de las FF.AA., todo ello acompañado por la fuerza organizada en torno a los embriones de poder popular (Poder Popular: Unión y lucha del Pueblo”, Melinka, PF Nº 185). Alternativamente, sí apostábamos a que no habría tiempo para acumular la fuerza para derrotar de inmediato al golpismo, nuestra estrategia debía ser defensiva, centrando esfuerzos en preparar condiciones para el repliegue a territorios rurales más favorables para la resistencia mediante unidades guerrilleras irregulares, junto con el despliegue de grupos clandestinos que operaran en espacios urbanos y suburbanos. Además, había que prepararse para una resistencia en condiciones represivas muy duras, lo cual era casi imposible en momentos que el MP estaba desplegando una extensa y abierta lucha.

 

Sin duda, fue un error estratégico-político no decidirnos por una opción e intentar prepararnos para las dos, ya que no había tiempo y fuerzas suficientes para ocupar todos esos espacios y, a su vez, constituir los distintos tipos de fuerza. En vez de concentrarla, dispersamos nuestra limitada capacidad y nos organizamos de forma híbrida, lo que después neutralizaría la eficiencia táctica al optar por una u otra posibilidad. Ello constituye una lección para las fuerzas revolucionarias protagonistas de un período de extrema agudización de la lucha de clases.      

 

En el mes de julio, se evidencian la descomposición y también el descaro delincuencial de los baluartes del orden burgués: absurdas acusaciones constitucionales de la CODE en el Congreso; la Corte Suprema se veía comprometida en cobros ilegales de dinero y aplicación torcida de justicia a acusados de sectores populares, mientras absolvía a conspiradores y terroristas de la reacción, como los que asesinaran al internacionalista brasileño y mirista Nilton Da Silva, el 15/6; elementos golpistas aprovechaban reivindicaciones económicas entre uniformados de menor graduación de la FACH, Ejército y Carabineros, con el fin de hacerlos desobedecer a los mandos constitucionalistas, incluso intentando un cuartelazo en una unidad capitalina; elementos de P y L y mercenarios de “El Mercurio”, en un operativo frustrado, intentan agredir al Comandante del Ejército, Carlos Prats; oficiales de las FF.AA., aprovechando la declaración de Zona de Emergencia a raíz del ‘Tanquetazo’ se ensañaban con los medios de izquierda, censurándolos o allanándolos, pero daban libertad para mentir a los de oposición etc.

 

Se imponía la necesidad de una respuesta sólida y masiva por parte de los sectores populares y la izquierda, en la forma de un aplastamiento de todos los centros de poder desde donde les atacaban impúdicamente sus enemigos: el Congreso, los Tribunales y apoyarse en los sectores democráticos de las FF.AA. y de Orden para combatir y anular a la oficialidad golpista. Ya el 29 de junio, las fuerzas populares se habían ampliamente activado y movilizado sin la conducción visible de la UP, y esa misma noche, frente a La Moneda, cientos de miles de gargantas reclamaron la clausura del Congreso. Pero el gobierno y la UP se mostraban impávidos frente a los hechos. Entre el 22-24 de éste mes, la UP había realizado su 1er Congreso Nacional (“Un Congreso fuera de onda”, PF Nº 187), superestructural, el que nada aportó a la indecisión oficial respecto de varias materias, pero –sobre todo- mostró su incapacidad para erigirse en aquel momento crucial como una vanguardia revolucionaria. Y es que sus sectores reformistas y tecnócratas sólo aspiraban al diálogo con la oposición, la que nunca actuó de buena fe y que logró mantenerlos paralizados chantajeándolos con la guerra civil.      

 

También en julio, recrudece la aplicación de la clasista y contrainsurgente LCA, la nueva “Ley Maldita”, la que permitía a la fuerza armada oficial, literalmente, acosar y perseguir a los trabajadores y sectores populares (ya por entonces, organizaciones populares de San Antonio denunciaban las arbitrariedades y prepotencia del Comandante del Regimiento Tejas Verdes, teniente coronel Manuel Contreras -“Arbitrariedades de oficial reaccionario”, PF Nº 189). Con violencia y abuso se allanan poblaciones, locales de la CUT y partidos de izquierda, industrias y recintos sindicales, etc. Se hostiga a los defensores del gobierno legítimo y del proceso político abierto por él, mientras los reaccionarios lanzan a los uniformados a reprimir al MP mediante denuncias sin razón, respaldados por el “secreto del sumario”. Los sectores dominantes saben que por esa vía pueden debilitar el incipiente Poder Popular, así como distanciar a la tropa de las ramas castrenses y policiales de la población.

 

Y es en el 7º mes del 73, que Miguel declara que la UP, en vez de convocar a un diálogo al PDC (Allende hace un llamado público para ello el 25/7), que él inserta dentro de un proyecto de conciliación de clases antagónicas llevado a cabo por sectores reformistas de la UP desde el comienzo del período, antes debía atender a que en un contexto de crisis del sistema de dominación capitalista, como el que se atravesaba, ello no era factible (Que el gobierno dialogue con los trabajadores”, PF Nº 189). Auguraba que, “Toda táctica que ofrezca concesiones no tendrá destino histórico, sólo alcanzará a dividir al pueblo y a la izquierda, y por esa brecha intentará irrumpir el golpismo” (íd.). En cuanto a la correlación de fuerzas, Miguel observaba que está era, en ese momento, más favorable a la clase trabajadora y al MP, que lo que sería más adelante, luego que se le hicieran concesiones a las clases patronales y de permitirles, por acción u omisión, escalar en su ofensiva reaccionaria. La táctica que sostenía el MIR –y por extensión l@s revolucionari@s- era la de la, “Contraofensiva Revolucionaria y Popular, que enarbolando el Programa Revolucionario del Pueblo, luchando por la Democratización de las Fuerzas Armadas y desarrollando el Poder Popular, permita acumular rápidamente fuerzas” (Ibíd.), y a la cual debían unirse la movilización y la acción directa popular; una paro nacional convocado por la CUT, que sirviera para desbaratar las amenazas del golpismo, fortalecer y multiplicar los Comandos Comunales y los embriones de Poder Popular, unificando a todas las clases y capas subalternas, que también resolviera los graves problemas de abastecimiento e ingresos de los trabajadores e incluso de la FF.AA.; que pasara al área social a todas las grandes empresas e impusiera el control y la dirección obrera; que allanase la reagrupación de l@s revolucionari@s y la acción común de la izquierda. En suma, una táctica que terminase con las vacilaciones y el defensismo, que atajara al golpismo y evitara la catástrofe. Aún era tiempo.     

 

Y el mismo Miguel, el 17/7, en un repleto Teatro Caupolicán, afirmaba:

 

La situación sólo ofrece dos caminos: la capitulación reformista o la contraofensiva revolucionaria y, si esta última desencadenara un intento golpista, habrá fuerzas de sobra para aplastarlo. Toda forma de capitulación, (…) conducirá, más temprano que tarde, al aplastamiento de los trabajadores, a través de una dictadura reaccionaria y represiva (Discurso de Miguel Enríquez”, 17/7/73, CEME)

           

Entre julio y agosto, el MIR concentra su política respecto del MP en tratar de organizar y fortalecer los Comandos Comunales. Para ello, se debía aprovechar la experiencia y autonomía ganada por la clase trabajadora en los Cordones levantados hasta entonces, no hacia la institucionalización de un poder político u organizacional oficial y formal, sino hacia el desarrollo de un poder independiente; de un poder autónomo (El Poder Popular y la lucha del proletariado chileno”, PF Nº 190). Conjuntamente con el impulso a la creación de tales embriones, se aspiraba a avanzar a la conformación del Comité Coordinador de Comandos Comunales, Cordones y Consejos Comunales Campesinos. No obstante, el partido ve limitado su accionar producto de una oleada represiva ‘legal’, mediante la cual decenas de militantes, en diversas ciudades, son detenid@s o acusados de realizar propaganda antigolpista, en tanto que su dirección debe afrontar las querellas presentadas por oficiales del Ejército (incluso por el mismo Prats) y la FACH (Pérez, 3f).         

 

El 27 de julio es asesinado, de un disparo, el Edecán Naval de Allende, capitán Arturo Araya, en un atentado dirigido a provocar un estado de conmoción interna, justificativo para un Golpe de Estado. Cínicamente, la derecha política y mediática acusó a la izquierda, pero bien pronto caen detenidos los 8 autores materiales, pertenecientes al grupo derechista y terrorista P y L (aunque detrás se notaba la mano del PN y de la CIA). Organismos financieros yanquis, públicos y privados, exacerban el bloqueo económico a Chile. Tampoco se pueden importar repuestos para camiones y buses. Los camioneros reinician su paralización, pese a acuerdos previos alcanzados con el gobierno, lo que lleva a un mayor desabastecimiento y a detener algunas actividades industriales. Arrecian los atentados terroristas contra camioneros MOPARE, puentes, gasoductos, etc., con saldo de 5 muertos y varios heridos. A fines de agosto, antes que lograran obtener mayor información sobre la planificación golpista, la Armada detiene y tortura a un grupo de suboficiales, marineros y trabajadores de ASMAR, Talcahuano, acusándoles de pertenecer a partidos de izquierda y de ficticios planes para apoderarse de buques de la escuadra.  Al final, el Fiscal Naval debe contentarse con acusarlos de “incumplimiento de deberes militares”, disimulando el odio de la rama castrense hacia quienes se oponen a sus planes golpistas (Marineros torturados”, PF Nº 191).

 

El 14 de agosto, frente a una serie de hechos que demostraban el sometimiento oficial a los chantajes de la reacción (aceptación de ley Hamilton-Fuentealba, que limitaba el Área de Propiedad Social; aplicación brutal de la LCA, debilidad frente al golpismo, etc.) y la imposición de un artificioso gabinete FF.AA.-UP (exigido por Aylwin), el MIR declara que el Gobierno se ha rendido frente a un sector de los sectores dominantes y que, “esta verdad, sin tapujos de ninguna especie, debe ser proclamada al pueblo de Chile y a los pueblos del mundo. Comienza a desmoronarse la esperanza que un día las masas desposeídas de este país depositaron en este Gobierno” (Pérez, 3g).

 

Al finalizar agosto (29) y en relación con las acusaciones de “intento de subversión en la Armada”, el Fiscal Naval de Valparaíso emite una orden de detención contra Miguel. Asimismo, solicitaba el desafuero parlamentario contra los dirigentes del PS, Carlos Altamirano y el MAPU, Guillermo Garretón. A raíz del requerimiento, el líder del mirismo debe pasar a una semi-clandestinidad y anuncia que, "el MIR, sus militantes y dirigentes, (…) están listos para luchar en todos los terrenos cuando las circunstancias lo hacen necesario". Y cierra, afirmando que:

 

Hoy, cuando la amenaza gorila se cierne sobre la clase obrera y el pueblo, cuando otros vacilan y retroceden desarmando y confundiendo a los trabajadores y cuando comienza a imponerse, por presión reaccionaria y debilidad reformista, una escalada represiva sobre los trabajadores y los revolucionarios, los dirigentes y militantes del MIR estamos en nuestros puestos de lucha (…), e impulsando con más fuerza que antes nuestro trabajo revolucionario entre los obreros, campesinos y pobladores, apoyando decididamente y en las formas que sean necesarias la lucha antigolpista de marineros, carabineros, soldados, clases, suboficiales y oficiales antigolpistas de las FF.AA. y levantando el derecho legítimo a organizar la lucha antigolpista de todos los sectores del pueblo (Frente a la Orden de Detención”,  CEDEMA)

 

 

Movimiento de Izquierda Revolucionaria

MIR


sábado, 24 de octubre de 2020

MIR: 55 AÑOS JUNTO AL PUEBLO, HACIENDO CONCIENCIA Y LUCHANDO POR LA REVOLUCION – Parte XI


 

"A crear y fortalecer el Poder Popular, creando los Comandos Comunales de Trabajadores en todas las comunas del país, asumiendo el control y la vigilancia de la comuna y la dirección de las luchas de la clase obrera y el pueblo; a luchar por la democratización de las FFAA y Carabineros y por la vigilancia y encarcelamiento de la oficialidad reaccionaria y golpista; a impulsar de esta forma con más fuerza que nunca la lucha por sustituir el Parlamento burgués por la Asamblea del Pueblo y por imponer el establecimiento de un verdadero Gobierno de los Trabajadores”

–El MIR frente al ‘Tanquetazo’ del 29 de junio 1973

 

 

El período prerrevolucionario; de la esperanza popular a la hecatombe golpista: marzo – junio 1973

 

En las elecciones parlamentarias de 4 de marzo de 1973, la UP logró una importante votación, un 44%, la que superaba el 36,6% con el que se había hecho del gobierno en 1970, aunque ello no le permitía controlar el Parlamento. La CODE, con un 55%, si bien obtenía la mayoría, veía mermada la votación que en conjunto alcanzaran sus componentes el 70, 63,4%, y quedaba lejos de los 2/3 que anhelaba para destituir a Allende. A pesar de esta tendencia a la izquierda exhibida por el referendo, de apoyo al proceso popular de cambios, los sectores hegemónicos dentro de la UP prosiguieron su intento de establecer una alianza con la DC, buscando la conformación de un gobierno de centro que resolviera institucionalmente la crisis política y combatiendo y aislando, tanto a los sectores extremistas de derecha como de izquierda. Para esto, durante el verano, el gobierno había presentado un proyecto para limitar el Área de Propiedad Social (APS), devolviendo gran cantidad de empresas tomadas luego de octubre; otorgaba un bono y no un reajuste a los trabajador@s; y limitaba el control popular del abastecimiento (Pérez 3b). No obstante, una poderosa movilización de la clase trabajadora, atrincherada en los Cordones Industriales y los Comandos o Coordinadores Comunales (Com-Cs), impulsada por el MIR y también la izquierda de la UP, logró impedir la consumación del proyecto ‘Millas’, que limitaba el APS (“El fracaso de las medias tintas”).

 

La reacción, visto el fracaso de su ofensiva institucional con rasgos sediciosos, confluyó en una estrategia de aliento a la guerra civil y al golpismo. No obstante, Miguel Enríquez hace notar ciertas diferencias entre los conjurados, puesto que si bien los más decididos a desatar el enfrentamiento civil eran los del ‘jarpismo’:

 

Alertar al pueblo sólo frente a esta táctica patronal puede desarmarlo, pues existe otro sector reaccionario, al que llamamos "freísta", que estando de acuerdo en desalojar a la UP del gobierno, se propone una táctica, que por sofisticada no es menos reaccionaria, que le permita evitar la guerra civil como tal y desplomar al gobierno a través de paros, ojalá de origen "laboral", que dividan a la clase obrera, "escalonados", que impidan la toma de conciencia del pueblo de la agresión patronal; la creación de conflictos institucionales entre el Parlamento y el Ejecutivo, que origine una dualidad institucional y desde allí emplazar y después desalojar al Gobierno; así intentan evitarse el quiebre de las FF.AA., ganándose a la oficialidad constitucionalista. (Miguel, Para enfrentar la guerra civil)

 

Y agregaba el líder del MIR, “Sostenemos que la tarea fundamental es acumular la fuerza de masas necesaria, sea para impedir la guerra civil, o para ganarla si ella se desata por decisión reaccionaria”.

 

En el marco del rearme de la entente CODE-empresariado-intereses imperialistas, no resulta raro que la DC pase a ser liderada por Patricio Aylwin, cabecilla de su sector más duro, el ‘freísmo’; es decir, aquellos decididos a detener el "avance del marxismo" a través de todas las vías, incluidas la subversión civil y la intervención militar. Desde abril, la reacción desata una nueva ofensiva, alentando la huelga de los mineros de El Teniente, su marcha a Santiago e intensificando la sedición abierta y los llamados a la insubordinación militar. Entre sus éxitos tácticos figuraban el haber logrado sumar a su ofensiva publicitaria a ciertos sectores de la alta jerarquía eclesiástica y altos oficiales reaccionarios de las FFAA en servicio activo (Pérez, 3c).

 

Frente a ello, el MIR convoca a la izquierda y al Movimiento Popular (MP) a enfrentar la ofensiva reaccionaria desplegando una contraofensiva revolucionaria, apoyada en la movilización directa de los sectores populares para debilitar las bases del poder burgués, organizar y defender el Poder Popular (PP) y ganar a los sectores democráticos de las FFAA. En palabras de Víctor Toro o Melinka, un histórico dirigente del MIR, “La tarea de la clase obrera es destruir el Estado capitalista y para ello debe desarrollar el poder popular, que progresivamente deberá enfrentar al poder de los patrones. Estos organismos del pueblo deben ser independientes del gobierno” (“Poder Popular: Unión y lucha del Pueblo”). En esos meses se intensifican las alianzas y el trabajo conjunto con los sectores izquierdistas de la UP en los diversos frentes y regiones. 

 

En ese escenario, el encargado del partido para el trabajo hacia las FFAA-Orden, Andrés Pascal, Pituto, organizó una reunión de Miguel, Carlos Altamirano (secretario general del PS) y Oscar Guillermo Garretón (SG del MAPU) con una delegación de suboficiales y marineros democráticos (A. Pascal, Apuntes para una historia del MIR…). Estos se habían organizado en oposición a los oficiales golpistas de la Armada. Confirmaron lo que el MIR y sectores de la UP ya sabían: “la activación sediciosa de la oficialidad golpista era creciente en todas las instituciones armadas, pero también había oficiales y, sobre todo, suboficiales, clases y soldados que se oponían al golpismo y simpatizaban con el gobierno popular”. Esto último le era cercano al partido, pues desde el año 69 se venía produciendo una creciente vinculación con uniformados progresistas. Muchos se incorporaron como militantes al MIR y lucharon luego contra la dictadura, algunos entregando generosamente sus vidas, como el teniente de Ejército Mario Melo Pradenas (de cuya ejemplar consecuencia habláramos anteriormente); Carlos Díaz Cáceres, suboficial de la Marina; Enrique Reyes Manríquez, cabo 1º FACH, etc. La mayoría de los uniformados antigolpistas con los cuales hubo vinculación no eran miristas. Pituto recuerda al coronel Ominami, de la FACH, a cargo del arsenal en la Base Aérea de El Bosque, quien quería alertar de cómo estaban operando altos oficiales golpistas en su arma, reemplazando a oficiales democráticos del mando de unidades claves, extendiendo la sedición, mientras aquellos que se oponían al golpe no recibían apoyo gubernamental; también a un gran socialista, el general Alberto Bachelet, que -junto con otros oficiales de la FACH que simpatizaban con Allende- reclamaba una política más ofensiva de éste contra la oficialidad sediciosa y coordinar a los uniformados democráticos con las organizaciones populares para que, ante un peligro de golpe, ellos pudieran dotarlas de armas de las FFAA. Varios de aquellos mandos, dispuestos a defender al gobierno constitucional, insistentemente solicitaron al presidente una entrevista. Allende nunca les concedió esta posibilidad, pues su política siempre fue no pasar por sobre los altos mandos y no intervenir dentro de las instituciones armadas. 

 

A pesar del pesimismo histórico, avivado sobre todo por sectores reformistas, acerca que no cabía otra posibilidad que esa prescindencia respecto de lo que acaecía dentro de las FFAA-Orden, lo cierto es que diferente hubiera sido para el curso de la historia el que Allende y la UP hubiesen apoyado a sus mandos y sectores constitucionalistas, brindándoles herramientas para lograr detener el golpismo o siquiera generar una brecha en sus impulsores. Prats, Bachelet y los demás uniformados democráticos hubieran contado así con un firme respaldo oficial, lo que igualmente hubiera concitado la participación activa de vastos sectores populares (lo que incluso se avenía con la Ley de Defensa Civil, de 1945). Era ésta la disposición que habría contribuido a crear un potente dique contra el golpismo y no una fútil neutralidad.

 

Por su parte, el MIR, consciente de la inevitabilidad del enfrentamiento armado como forma de resolver la aguda confrontación clasista y la crisis de poder abierta por el período prerrevolucionario, se planteó desde temprano dos objetivos dialécticamente relacionados: 1) la construcción de la FSR, capaz de crear una nueva situación política y -a partir de ello- instituir una nueva legalidad, como único camino para resolver el problema del poder. De esta manera, la consigna de “Crear Poder Popular” adquirió una dimensión estratégica, en cuanto cristalizaba una manifestación política paralela al Estado burgués, asentada en las organizaciones y sectores autonomizados de las fuerzas sociales motrices (Goicovich, I.; El desarrollo del movimiento popular y…); y 2) para enfrentar con éxito el ineludible enfrentamiento armado, el partido –como dijésemos anteriormente- planteaba el despliegue de la estrategia de “Guerra Revolucionaria Irregular y Prolongada” y para lograrlo requería de la pronta conformación del sujeto capaz de llevarla a cabo; la FSR, desarrollando a la par los esfuerzos para conformar la fuerza militar propia, sobre la base de núcleos orgánicos especializados; plasmando la política de “masa armada” (en el seno de los frentes y embriones de PP); y penetrando en el aparato militar del Estado. Y el MIR no las tenía todas consigo, pues para la consecución de ambos aspectos debía ganar la conducción del MP, siendo indispensable para ello acrecentarse en los frentes sociales e incentivar las formas rupturistas de lucha; contribuir a levantar una institucionalidad paralela, en base a la construcción de embriones de PP; “imponerle a los sectores más vacilantes y reformistas del Gobierno una contraofensiva popular y revolucionaria”, aunque aprovechando sus iniciativas, sacándolas de su marco burocrático e institucional; y radicalizar las posiciones revolucionarias al interior de los partidos y militantes de la UP (Pérez, 3d).

 

A fines del 72, se constituyó un grupo conspirativo de 15 generales, cinco por cada rama (Pituto, ídem). En mayo de 1973, habían decidido dar el golpe en junio, para lo cual contaban con la I, II y IV Divisiones del Ejército y sectores de las otras ramas y Carabineros. En la III División, correspondiente a la capital, todavía los oficiales constitucionalistas eran fuertes. El complot fue detectado por el SIM, que alertó a Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército, procediendo éste a ordenar la detención de varios oficiales el 25 y 26 de junio. Ello produjo el repliegue de los conspiradores, pero el 29 de junio, el comandante Souper sublevó al Regimiento Blindado Nº 2, dirigiéndose hacia el centro con una columna de tanques y carros blindados; era el “Tanquetazo”. Con el apoyo de civiles armados de Patria y Libertad, procedieron a atacar La Moneda y el Ministerio de Defensa, donde liberaron a los oficiales detenidos. Mientras desde palacio respondían el fuego, Prats movilizó las unidades leales y cercó a los sublevados, conminándoles a rendirse. Todos lo hicieron, salvo los ocupantes de un tanque, los que huyeron a bordo del mismo. Dicha sublevación indujo una gran deliberación de los oficiales golpistas, que en algunas unidades intentaron apoyar a los sublevados. Esto se frustró por la negativa de los antigolpistas, en especial de los suboficiales y tropa. Pero la situación seguía muy tensa, pues tardó en saberse cómo reaccionarían las unidades en otras Divisiones, y si se sumarían parte de las otras ramas de las FFAA.

 

La CP del MIR se concentró en una casa prevista para tal efecto, al igual que el resto de las direcciones intermedias y unidades partidarias lo hicieron en sus respectivos lugares de acuartelamiento. Miguel se comunicó con el general Prats, manifestándole que si lo requería podía contar con el MIR en la lucha contra los golpistas y le comentó que había visto un tanque alejarse del centro de la ciudad. Prats, enojado porque ese blindado se había escapado, le dijo que si lo ubicaba lo detuviera. Miguel orientó a una unidad de la Fuerza Central para que saliera a enfrentar al blindado, lo cual no se logró por lo lento que era poner en pie de combate a unidades compartimentadas, con deficientes medios de comunicación, cuyos miembros vivían y trabajaban en distintos lugares, y cuyas armas debía recibirlas de una unidad de logística que estaba a cargo de un depósito secreto. Igualmente lento fue poner en funcionamiento la red clandestina que coordinaba a los miembros de las FFAA, los cuales habían sido acuartelados en sus unidades militares, lo que dificultaba el contacto. Se evidenciaban las limitaciones tácticas que tenía la estrategia híbrida partidaria de construcción de fuerza militar. 

 

La respuesta popular al llamado del presidente Allende a movilizarse contra el intento golpista de junio, ocupando los centros de trabajo y advirtiendo que si era necesario armaría al pueblo, fue extraordinaria. Cientos de fábricas, escuelas, campos, oficinas públicas, otras entidades, fueron ocupados a través del país, manifestándose un resuelto ánimo combativo. Interminables columnas de trabajadores, pobladores, estudiantes, confluyeron frente al palacio de La Moneda, donde la multitud pedía castigo a los golpistas. Los miristas integrantes de las FFAA informaban al partido que los oficiales golpistas estaban en repliegue, que el ánimo de los uniformados antigolpistas era combativo y reclamaban pasar a la ofensiva para golpear a los sediciosos.

 

Esa tarde, según el Pituto, la Dirección del MIR analizó el momento y acordó que no era el momento de tomar por su cuenta la iniciativa; es decir, entregar armas a las organizaciones milicianas con la participación de grupos de uniformados organizados, ocupando luego las unidades militares que fuera posible, y procediendo a detener a los mandos golpistas. Para que resultara, había que actuar de inmediato, esa misma noche, aprovechando el desconcierto de la reacción. La razonable preocupación de Miguel era que, si el MIR daba el paso, había un grave riesgo de que el gobierno y el alto mando nos reprimiera, la izquierda de la UP no nos apoyara, y quedáramos políticamente aislados. No se contaba con tiempo para consultar a los sectores afines de la izquierda. Y si bien nunca el MP había alcanzado tan alto nivel de combatividad y estábamos seguros que la respuesta de los sectores populares más radicalizados sería entusiasta, tampoco podíamos cerrar los ojos al hecho de que Allende y los sectores reformistas mantenían un fuerte liderazgo sobre los amplias masas y podían neutralizar, o incluso poner en contra nuestra, a los sectores menos radicalizados. Sólo se acordó dar a conocer una declaración de apoyo a una contraofensiva popular lo más extensa posible, buscando sobrepasar la legalidad que atenazaba al MP y revolucionario (Pérez 3e). En la duda, preferimos esperar. Es imposible saberlo, pero tal vez con esa decisión se perdió irremediablemente la iniciativa estratégica revolucionaria. 

 

 

Movimiento de Izquierda Revolucionaria

MIR

viernes, 9 de octubre de 2020

MIR: 55 AÑOS JUNTO AL PUEBLO, HACIENDO CONCIENCIA Y LUCHANDO POR LA REVOLUCION – Parte X


 

"Pues la clase obrera, el pueblo y los revolucionarios no luchan solamente por impedir el golpismo, por derrotar un paro patronal, sólo contra los monopolios y el imperialismo, o sólo por algunas transformaciones económicas; sino por una revolución socialista, que transformando las estructuras económicas vaya también construyendo un poder popular que culmine en un gobierno revolucionario de obreros y campesinos"

“SN del MIR frente al gabinete UP-Generales”, 18/10/72

 

 

El período prerrevolucionario, de la esperanza popular a la hecatombe golpista: octubre 1972 – marzo 1973

 

En septiembre de 1972, la Dirección del MIR refrendaba que la situación abierta el 4/9/70 poseía rasgos de prerrevolucionaria, la que si bien no lograba madurar a revolucionaria, tampoco revertía a la “normalidad” (Pérez, 2a). Ello se relacionaba con un escenario caracterizado por 8 factores: agudización de la lucha de clases; autonomización y cohesión relativas de las clases en general; lo anterior era claro para el caso de la pequeña burguesía, propietaria y asalariada (“enardecimiento”); autonomización relativa de las FFAA; fortalecimiento de la clase dominante; debilidad del gobierno y la UP; contradicciones al interior de las fuerzas de izquierda; contradicción grave entre el movimiento popular y el aparato estatal, todo ello en un contexto de agudización de las dificultades económicas (a la que contribuía el gobierno con su política de precios). Por ende, si consideramos que dichos factores muestran a una burguesía que avanzaba, en tanto que las clases y capas subalternas se estancaban, no resulta extraño que la primera se envalentonase y lanzara, dos meses después, un proceso ‘insurreccional’ con apoyo de sectores de la mediana y pequeña burguesía.        

 

La arremetida de los sectores reaccionarios: la derecha política, agrupada en la Confederación de la Democracia CODE, donde se incluía la DC; todos los gremios burgueses; y con apoyo de la CIA e intereses imperialistas, iba dirigida a estrangular la economía, generar descontento social y lograr la salida o bien neutralizar a los uniformados constitucionalistas. Ante ello, el MIR constata, 19/10 (PF Nº 169, octubre 72), que aquella ofensiva había sido posible por las debilidades del gobierno durante el bienio, fruto de una política débil y vacilante que se debía rectificar. Los sectores que sostenían esta visión, dejando de lado al movimiento popular y a la clase trabajadora, optan por resolver la crisis sólo con la intervención gubernamental y de los militares (que ocupan algunas carteras). Considerando tal escenario y el enfrentamiento clasista de fondo, el MIR propone que la clase trabajadora tome en sus manos la resolución del conflicto: “Sólo de esta forma será posible terminar con las bases económicas en que se apoya la ‘resistencia civil’ de los patrones” (ídem). Para esto, era necesario desarrollar el poder del pueblo, al calor del combate popular, de su unificación desde abajo y organizado a nivel local, creando para ello los Consejos Comunales de Trabajador@s. Mediante la ofensiva del movimiento popular y de trabajadores, apoyada por el gobierno, las FFAA y soldados, se podría romper el cerco económico y subversivo de los de arriba. Ahora bien, si había uniformados que apoyaran la causa, bienvenidos, pero esto no debía limitar la movilización y el combate de l@s trabajador@s contra la patronal. Urgía golpear juntos para detener la intentona reaccionaria, “no obstante nuestra diferencias y la necesidad de intensificar la lucha ideológica” (ibídem).                   

 

El partido acompañó los esfuerzos de los pueblos y l@s trabajador@s para atajar a la reacción. Se desplegaron a lo largo del país múltiples iniciativas para: la distribución de alimentos, la venta directa por l@s trabajador@s de mercaderías a través de las Juntas de Abastecimiento Popular (JAP) y otras instancias, la autodefensa, el reinicio de las actividades en fábricas paradas por la patronal (cuando no exigiendo la requisición de estas), la activación del transporte, etc. Muchas de estas acciones eran centralizadas por los Comandos o Coordinadores Comunales (Com-Cs). Los Consejos Comunales (Con-Cs) y Provinciales (Con-Ps) de trabajador@s, urbanos y rurales, dan un salto adelante en su práctica. Aquello ocurría aun en medio de una oleada de atentados terroristas a cargo de grupos derechistas armados, junto con el ataque vil de los medios informativos, en manos de la CODE en un 70%.

 

La reacción no logró su objetivo sedicioso, pero la paralización tuvo graves repercusiones. En el contexto de la economía, afectó el aprovisionamiento del país, que ya estaba deteriorado, sin llegar a paralizar la producción industrial y agraria porque los trabajadores procedieron a ocupar industrias y fundos. También se extendieron las JAP, que solventaron buena parte de la distribución, sobre todo a nivel local. Su efecto más importante fue la polarización social, ya que amplios sectores medios se sumaron a la reacción burguesa. Pero también radicalizó al grueso de la clase trabajadora y de los pobres. No sólo ocuparon fábricas y campos, sino que además probaron que podían hacerlos producir sin empresarios, lo que los reafirmó en la autovaloración de su capacidad revolucionaria. Además del desarrollo de los Comités de Autodefensa, surgieron los Cordones Industriales en la ciudad y se extendieron los Con-Cs en el campo; es decir, desde la base surgían formas elementales de poder popular. Como respuesta al Pliego de Chile, que la reacción levantó como su plataforma sediciosa, los trabajadores levantaron el Pliego del Pueblo, que recogió la propuesta de adecuación revolucionaria del Programa de la UP que el MIR venía agitando desde inicios de año (Pituto, “Apuntes para la historia del MIR…). 

 

Lamentablemente, los reformistas y la tecnocracia UP optaron por alentar la desmovilización de la clase trabajadora, llamándoles a devolver las industrias a los empresarios y respetar la institucionalidad vigente. El gobierno llamó a la oposición a establecer una tregua hasta las elecciones parlamentarias de marzo 73, buscando que sus resultados definieran la legitimidad institucional del proceso de reformas que impulsaba, en una posición política de debilidad, que daba la espalda al movimiento popular y que abría la posibilidad a su desalojo si la reacción vencía en esos comicios. La inclusión de varios generales en el gabinete vino a ejemplificar que Allende prefería adherir a la institucionalidad y la paz social. En otra concesión, por presión de los militares y en acuerdo con la oposición parlamentaria, la UP votó la Ley de Control de Armas (LCA) que supuestamente permitiría actuar sobre los grupos civiles armados que protagonizaban atentados y sabotajes contra el gobierno. El MIR criticó ácidamente estos pasos políticos del reformismo porque confundieron al movimiento popular, no contuvieron la subversión reaccionaria y -sobre todo- otorgó a los militares un papel rector en la vida política del país. Paradojalmente, la izquierda alentaba el rol militar regulador en lo político que en dictadura se convertiría constitucionalmente en el eje vertebrador del nuevo Estado contrainsurgente, función que se mantiene hasta hoy. La LCA puso al partido en alerta: “esta ley es de gravedad extrema, porque no toca sólo a las organizaciones políticas, sino también al movimiento de masas” y remataba: “afecta toda la concepción de trabajo orgánico y envuelve un esfuerzo muy grande. Y es irrebatible. Esta es una fuerza contra la cual hay que luchar y hay que hacer todo el esfuerzo necesario(Pérez, 2b)

 

La respuesta popular, la que hizo fracasar el paro patronal, generó una coyuntura muy favorable para avanzar en la acumulación de la Fuerza Social Revolucionaria (FSR), superar la conducción reformista y golpear las bases de poder de la reacción. El MIR se abocó a impulsar la constitución de Com-Cs (“Comités coordinadores, ruta del poder obrero”), que unificaran localmente la movilización de las fuerzas populares y sentaran las bases para la constitución de Asambleas del Pueblo regionales (llegaron a ser un centenar); a promover el desarrollo de tareas de autodefensa miliciana, de control obrero, las JAP, etc.; a difundir y discutir en la base el Pliego del Pueblo; a redoblar la agitación democrática hacia las FFAA y de Orden. Pero se evidenció que el partido, por sí solo, no tenía la fuerza suficiente para aprovechar plenamente la coyuntura revolucionaria. Se requería que también la izquierda de la UP se decidiera a la construcción del poder popular. Pero la fuerte oposición de los sectores reformistas la hicieron vacilar. Apoyaron la extensión de los Cordones Industriales, pero fueron renuentes a la organización de Com-Cs y a convocar Asambleas Populares regionales en una expresión de poder independiente del gobierno, el Congreso y el Estado. 

 

Sobre todo a partir de 1972, comenzó a discutirse en el MIR la necesidad de adecuar la organización al período. Revalidándose la legitimidad del liderazgo de Miguel, ello se acompañó por un proceso de ampliación de los órganos de dirección colectiva y por la cooptación de dirigentes con fuerte respaldo de base. Fluía un permanente intercambio interno de información y se alentó la discusión en todos los niveles. Pero esta tendencia a la disminución del centralismo y aumento de la democracia interna no fueron suficiente para terminar de democratizar la organización. Con todo, la inadecuación organizativa tendió a sortearse mediante el desarrollo de los “frentes intermedios de masas” (que viéramos antes). Se produjo así una dualidad organizativa: por una parte estaba el MIR, concebido como un partido centralizado, de estructura político-militar piramidal, semi-compartimentado, formado por militantes de dedicación profesional o casi profesional, muy selectivo y exigente en el reclutamiento que se relacionaba con el movimiento popular a través de los frentes intermedios; por otra, estos frentes muy enraizados en los sectores sociales donde se construían, abiertos y sin compartimentación, muy flexibles en sus modalidades orgánicas y exigencias de reclutamiento, cuyos miembros se identificaban como miristas. En la práctica ambos operaban como una sola organización política tensionada por la dinámica de conducción vertical, uniformadora, que venía desde el "partido", y la dinámica más democrática, expresión de la diversidad de los sectores sociales donde se anclaban los "frentes intermedios". Según el Pituto (ídem), al iniciarse el período prerrevolucionario el MIR no superaba los tres mil miembros. En 1973, el "partido" se acercaba a los diez mil miembros, y la suma de los "frentes intermedios" superaba los treinta mil. En conjunto, el mirismo organizado agrupó entre 40 y 45 mil personas, logrando una influencia de masas aún mucho más amplia.   

 

A la problemática organizativa anotada por Pituto, Nancho agrega recientemente algunas críticas (“Sobre el quehacer político del MIR”). Para éste, el atajo orgánico representado por aquella forma de construir la FSR no había sido correcto, pues, aparte el hecho de su carácter abierto, había servido a la acción represiva posgolpe. Por otro lado, habría sido un error que el partido se dedicase, casi bizantinamente, a criticar públicamente al reformismo y no se ocupara de construir paciente y silentemente el poder popular al interior de las clases y capas subalternas. Podríamos espetarle al compañero que desde el hoy es fácil criticar el ayer y también que, habiendo sido un dirigente en aquella época, ningún registro indica que haya expuesto por entonces su oposición o reproche al ejercicio de tales políticas partidarias.

 

Poniendo las cosas en su lugar, digamos que el proceso abierto por la UP continúa siendo bastante sui generis entre las formaciones periféricas capitalistas, caracterizándose por la amplitud del empuje de los de abajo y el rápido avance de estos, impidiendo tal dinámica la construcción clandestina de partido de tiempos ‘normales’; con un gran ascendiente de las políticas del reformismo, etc. El caso chileno era atípico, además, por lo extenso del lapso prerrevolucionario, sin llegar a consumarse una situación revolucionaria (por las características del conjunto de factores). Por otro lado, esta etapa encontró al MIR saliendo de la clandestinidad, recién maduradas su identidad y propuestas, con escasos vínculos con las clases motrices, en especial el proletariado fabril. Además, se debe contar con que el reformismo no dio tregua durante todo el período, aislando a l@s revolucionari@s e inclusive instigando su represión. Es ese el contexto en que la Dirección apuesta a la conformación partidaria y de la FSR, apoyándose en la amplia movilización popular existente, lo que dificultaba una construcción conspirativa y clandestina de las mismas. Nos extenderemos más sobre el punto al epilogar éste período.       

 

Los combates contra la ofensiva reaccionaria de octubre y el impulso a la construcción del contrapoder de las clases y capas subalternas realizados por el MIR, conducen a esfuerzos comunes y a estrechar relaciones políticas con algunas organizaciones y líderes de la UP, especialmente del PS, la IC y el MAPU. Tras la derrota del llamado “paro patronal de octubre”, las experiencias de trabajo conjunto a nivel de base entre militantes del MIR y de esas fuerzas de izquierda se multiplicaron, especialmente en los cordones industriales de Santiago, Valparaíso y Concepción, así como en varios Con-C y Com-C. Este trabajo conjunto también operó en las movilizaciones campesinas, de Mapuche (en la actual Araucanía) y forestales de Panguipulli (Correa, Molina, Yáñez), al interior del movimiento de pobladores y en la continuidad de la Asamblea Popular de Concepción, levantada en julio anterior. La confluencia de visiones y políticas llevan al MIR a respaldar las candidaturas de los partidos mencionados en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973. Sobre los contenidos de este apoyo el MIR les expresaba a los socialistas, en una carta de enero de 1973:

 

El MIR, detrás del objetivo fundamental del período, la conquista del poder, ha luchado y seguirá impulsando la lucha por las posiciones, el programa y la táctica antes desarrollados, expresado hoy fundamentalmente por el carácter de la alianza social que proponemos y por el impulso al desarrollo y fortalecimiento de un poder popular.

A partir de eso, dada nuestra apreciación acerca del carácter y la importancia que asumirán estas elecciones de marzo, por encima de las discrepancias existentes, sobre la base del desarrollo de algunos acuerdos tácticos y dada la existencia de acuerdos en algunos aspectos programáticos, básicos, aspirando a que en el curso de la lucha social y política misma estos se acrecentarán, proponemos enfrentar esta lucha electoral conjuntamente (Pérez 3a).

 

El MIR aprovechó los meses de campaña para promover el Pliego del Pueblo e impulsar los Comandos Comunales, la Asamblea del Pueblo, y la movilización por un gobierno de los trabajadores que utilizara el Estado como palanca de apoyo a la lucha popular. Era una forma de participación crítica en la contienda electoral que polarizaba políticamente al país, sin desviarse del eje estratégico de acumulación independiente de FSR y construcción del contrapoder de los de abajo. L@s trabajador@s de la textil Hirmas, que no obedecieron el llamado del gobierno a devolver la industria ocupada, que impulsaron la constitución de los Com-Cs de Trabajador@s y las tareas de autodefensa, pusieron en el frontis de la fábrica un enorme cartel que decía: “Defendamos este gobierno de mierda” (Pituto, ibídem). Su práctica y su palabra resumían bastante de la táctica de la izquierda revolucionaria.

 

 

Movimiento de Izquierda Revolucionaria

MIR