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sábado, 4 de septiembre de 2021

DISCURSO PRONUNCIADO POR MIGUEL ENRÍQUEZ EN CORONEL 22 DE ABRIL DE 1972

EL MIR HABLÓ DESDE EL CARBÓN

 

Discurso pronunciado por Miguel Enríquez, Secretario General del MIR, en el local del Sindicato Minero Industrial de Schwager, Coronel, el día sábado 22 de abril de 1972. Publicado por diario "El Sur" el Martes 25 de Abril de 1972; Pág. 7.

 

 Compañeros trabajadores de Concepción y de todo Chile;

Compañeros mineros del carbón;

Compañeros miembros del Frente de trabajadores Revolucionarios, del Movimiento Campesino Revolucionario y del Movimiento de Pobladores Revolucionarios;

Compañeros militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria;

Compañeros:

 

Hoy nos corresponde proclamar a los candidatos del Frente de Trabajadores Revolucionarios y del Movimiento Campesino Revolucionario al Consejo Nacional y al Consejo Provincial de la Central Única de Trabajadores.

 

Lo hacemos desde Coronel, desde el local del Sindicato Minero Industrial de Schwager.

 

Lo hacemos desde la tribuna más heroica y honrosa con que cuentan los trabajadores de Concepción. Los mineros del Carbón, cuna del movimiento obrero del sur del país, han sido por décadas la vanguardia de los trabajadores de esta zona, explotados, reprimidos y perseguidos, han vivido y participado en los combates más importantes del movimiento obrero y han conocido todas las etapas de la lucha del pueblo.

 

Que las ideas y políticas revolucionarias puedan proclamarse desde aquí nos enorgullece y nos confirman el avance seguro de las fuerzas de la revolución en el seno del movimiento obrero en el curso del último periodo.

 

No hace muchos años que sostener las ideas revolucionarias en esta provincia y en el país, merecían la represión implacable de las clases dominantes y el sectarismo de algunas fuerzas de izquierda.

 

No hace más de tres años que los revolucionarios, que los militantes del MIR fueros reprimidos y perseguidos por el gobierno democratacristiano en esta provincia y en el país entero.

 

Poco tiempo atrás, las ideas predominantes eran las ideas y la política de las clases poseedoras, en todo su contenido reaccionario y demagógico. En el movimiento obrero todavía predominaba la ideología reformista.

 

Hoy la situación es distinta.

 

Las ideas y banderas revolucionarias son enarboladas por obrero textiles en Tomé y Chiguayante, por los obreros de las fábricas de Talcahuano, San Vicente, Penco y Concepción, los campesinos de Yumbel, Cabero y estudiantes y, especialmente, por los mineros del carbón y por los trabajadores del campo y la ciudad a lo largo del país.

 

Las fuerzas del pueblo, la energía y decisión de sus luchas, su voluntad implacable a golpear a sus enemigos y a defender sus intereses y de terminar con el yugo de la explotación, es lo que hace crecer la fuerza de la Revolución. Nuevas capas del pueblo se incorporan a la lucha, haciendo temblar el viejo juego politiquero tradicional.

 

Eso es lo que atemoriza a los dueños del poder y la riqueza, eso es lo que encoleriza a los que no se deciden a avanzar y eso es lo que nos permite, hoy, proclamar a los candidatos revolucionarios a la Central Única de Trabajadores desde esta tribuna.

 

Este cambio en la situación global, este crecimiento de las fuerzas revolucionarias en el seno del pueblo es lo que hoy discuten a lo largo del país los trabajadores y las distintas corrientes de izquierda.

 

Había que golpear a los explotadores Elegido Allende presidente en brazos de la lucha de los trabajadores, renació la esperanza de los pobres de todo Chile.

 

 A la lucha centenaria de obreros y campesinos se le moría la posibilidad de caminar hacia un triunfo más definitivo.

 

Los asesinados por las clases dominantes, los reprimidos y perseguidos por décadas, los humillados y los ofendidos de todo Chile, los pobres del campo y la ciudad vieron abrirse ante ellos un camino hacia un mundo sin explotación y sin miseria.

 

Una vez más una esperanza atravesó a los pobres de Chile.

 

El pueblo se unió: los obreros industriales, los mineros del norte y sur del país, los campesinos, los mapuches, los cesantes del campo y la ciudad, los pobladores, los estudiantes, todos ellos se unieron y se prepararon para avanzar, para combatir por sus intereses inmediatos y abrir el camino al socialismo.

 

 Las clases dominantes se desconcertaron, al principio sin banderas y sin lideres retrocedieron. Las condiciones que ellos mismos habías impuesto para mantenerse en el poder, hoy le permitían a la izquierda conquistar el gobierno.

 

Las clases medias, entonces estaban entonces desconcertadas o la expectativa o, incluso, apoyaban el inicio de la nueva experiencia.

 

El pueblo y la izquierda estaban unidos, y el enemigo desconcertado. Esto permitía y exigía avanzar rápidamente.

 

Había también debilidades. Los dueños del cobre y de las fabricas y de los fundos eran todavía fuertes. Contaban de su parte con fuerza económica y política. Controlaban trincheras institucionales importantes, como justicia y el parlamento.

 

 Pero la unidad, organización, conciencia y decisión de un pueblo han sido, en otras partes del mundo y lo eran aquí también, poderosos instrumentos que, bien dirigido, habrían permitido aprovechar mejor las condiciones que objetivamente se daban entonces en Chile.

 

Había que golpear drásticamente y masivamente a las clases explotadoras en todos los terrenos y había que ganar fuerza de masas, movilizando al pueblo por sus intereses y contra sus enemigos.

 

Desde allí se habría ganado la fuerza suficiente para haber modificado o destruido los diques y trabas institucionales que impidieran el avanzar.

 

 Pero los sectores predominantes de la izquierda en el gobierno no lo entendieron así.

 

Si bien es cierto que tomatón algunas medidas económicas positivas, como la nacionalización del cobre, la nacionalización de la banca, iniciaron un proceso de reforma agraria y tomaron bajo control del estado algunas industrias, no sé decidieron a movilizar al pueblo, a empujar la energía combativa de las masas por sus intereses y contra sus enemigos, que eran el conjunto de la clase dominante y no sólo parte de ella.

 

No entendieron que la fuente fundamental de la fuerza que necesitaban ganar residía en la movilización del pueblo. Importantes sectores del Gobierno prefirieron confiarse en un posible acuerdo con la Democracia Cristiana para conseguir la colaboración parlamentaria de ésta y, así, proponer algunas limitadas reformas, a través de la aprobación en el Congreso de proyectos de ley.

 

Esto obligó al Gobierno a no mostrar claramente a los enemigos del pueblo, impidió denunciar el carácter reaccionario del Partido Demócrata Cristiano y, también, hizo que el Gobierno no desenmascarara los diques y las trabas que constituían las instituciones manipuladas por la burguesía, como la Justicia, el Parlamento y la legalidad, desde el cual los dueños de los fundos y las fábricas se oponían, tenazmente, al avance de los trabajadores.

 

No negociar con los sirvientes de los golpistas

 

Así, esta política legalista y vacilante que predomino en el Gobierno, no sólo no le dio la fuerza suficiente para avanzar, sino que también lo marcó con la debilidad que le obligó a estancar su avance y hacer concesiones en todos los terrenos.

 

Fueron concesiones castrar la lucha antiimperialista, al representar la nacionalización del cobre con la consigna “Chile se pone los pantalones largos”.

 

 Fueron concesiones las que llevaron al gobierno a tolerar la existencia y exigencia que le hizo la Cámara Chilena de la Construcción en materia de viviendas.

 

Fueron concesiones las que limitaron la marcha de los campesinos sobre la tierra, a los fundos que la ley democratacristiana de Reforma Agraria les permitía.

 

Fueron, también, concesiones las que llevaron al Gobierno a expropiar solo algunas fábricas y no a todas de la gran burguesía industrial.

 

Esta política de sectores de izquierda en el Gobierno fue la que llevó a frustrar esperanzas en el pueblo, a cuestionar anhelos en capas empobrecidas de la población; esta política es la que, en algunos casos, alejó capas del pueblo y confundió a sectores de trabajadores.

 

Esta política llevó al Gobierno y a sectores de la izquierda a entrar en conflicto progresivo con capas del pueblo que se movilizaron directamente, rompiendo estrechos marcos que la política del Gobierno les permitía. Esto llevó a la división del pueblo, al desarrollo de tendencias burocráticas, a la generación de estilos patronales de decisión y mando en la dirección de algunas empresas del área social y en el conjunto del aparato de Gobierno. Porque allí donde está ausente la participación activa y vigorosa de las masas mismas en la decisión de sus problemas, inevitablemente el funcionario comienza a predominar sobre el trabajador, la orden remplaza a la persuasión, el burocrático remplaza a las masas, a la vez que éste se insensibiliza ante los problemas del pueblo.

 

Al mismo tiempo, los dueños del cobre, las fábricas y los fundos, al principio divididos y desconcertados, pronto apreciaron que había política de mano blanda sobre ellos, que la política predominante era débil. Luego cayeron en cuenta de que era posible dividir al pueblo, que ejerciendo presión sobre el Gobierno era posible obtener concesiones.

 

Se reagruparon, prepararon la estrategia del derrocamiento del Gobierno e iniciaron su ofensiva a base de una política de dos caras.

 

Por un lado, los golpistas de freísmo democratacristiano, del Partido Nacional y de Patria y Libertad asumieron la tarea de golpear al pueblo y de ganar fuerza propia. Al mismo tiempo, por otro lado, un sector de la democracia cristiana se encargaba por la vía de las negociaciones de frenar la iniciativa del Gobierno y neutralizar el avance de los trabajadores.

 

Mientras los primeros declaran la guerra económica al gobierno, sabotean la producción agropecuaria y agravan artificialmente el desabastecimiento, los otros, los negociadores, encandilan al Gobierno con los llamados diálogos a cambio de frenar el proceso.

 

Mientras unos se oponen y golpean tenazmente toda medida del Gobierno o avance de los trabajadores desde su prensa, desde el parlamento, desde la Justicia, los otros ofrecen al gobierno la colaboración parlamentaria, se limita su avance.

 

Mientras unos asesinan campesinos en los campos y retoman los fundos a sangre y fuego, los otros exigen el respeto de la ley y el orden.

 

Mientras unos defienden cínicamente la libertad de unos pocos empresarios para explotar a los trabajadores y gozar del privilegio, lo otros confunden al pueblo ofreciéndole una política demagógica y populista.

 

Mientras unos preparan el derrocamiento de Allende y financian los grupos armados de derecha, los otros exigen la represión a las movilizaciones de los trabajadores y de los revolucionarios en nombre de la ley y el orden.

 

Esta es la política de los patrones: amarrar al Gobierno, frenar el avance del pueblo y acumular y acumular la fuerza necesaria, incluso de masas, para derrocar el Gobierno y reprimir a los trabajadores.

 

Unos sirven a los otros. Ambos trabajan para un mismo objetivo. Unos amarran, los otros golpean. Fuentealba y Leighton amarran y Jarpa y Frei golpean.

 

Todo el que se detenga a negociar con los sirvientes de los golpistas, favorece el derrocamiento del gobierno y la represión a los trabajadores.

 

Los trabajadores avanzan

 

Pero los trabajadores no permanecieron pasivos. Nada mi nadie les podía ocultar sus enemigos, nada ni nadie les podía impedir luchar por sus intereses y se decidieron a avanzar.

 

Retomaron una cuota de la iniciativa que poco antes habían delegado en una esperanza y reiniciaron su marcha centenaria, bajo la única forma que las condiciones les imponían: por si mismos, en la lucha directa por sus intereses, bajo las formas de lucha que les permitieran resolver sus aspiraciones y combatir a sus enemigos.

 

Ellos no se detuvieron a revisar los códigos legales para reiniciar su marcha, no esperaron el resultado de negociación alguna ni frenaron su marcha ante las protestas y presiones de sus patrones.

 

Miles de mapuches se lanzaron a la conquista de la tierra, miles de campesinos y obreros agrícolas comenzaron a combatir a los terratenientes, miles de pobladores se tomaron los terrenos, miles de obreros, a lo largo del país, combatieron por sus intereses y ocuparon sus fábricas.

 

Los revolucionarios de izquierda, de dentro y fuera de la Unidad Popular, no se marginaron del ascenso combativo de las movilizaciones del pueblo. Pasaron a dirigir y organizar las luchas de las distintas capas del pueblo, bajo las formas de lucha que la situación les imponía. Asumieron la conducción de las luchas de los trabajadores que otros descuidaron.

 

No reaccionaron así otros sectores de la izquierda que continuaron desde el Gobierno en su política de limitar la marcha de los trabajadores y, de incluso, en ocasiones combatir las movilizaciones revolucionarias del pueblo.

 

Esta fue la política predominante de la izquierda gobernante durante el año pasado, una política de lento avance que hizo pasar sus medidas fundamentales por el estrecho marco de los acuerdos parlamentarios y de una tímida utilización de los resortes legales a mano. Una política que no movilizó suficientemente al pueblo, que no abrió los cauces a una activa participación de los trabajadores que permitió el desarrollo de deformaciones como el burocratismo, el sectarismo, que golpeó débilmente a los representantes políticos de los dueños de fundos y fábricas.

 

Esta política de 1971 podría resumirse como el desarrollo de algunas reformas en diversos planos, que se ganó la agresividad de la clase dominante por haber herido sus intereses y que no ganó, en contrapartida, fuerzas suficientes que le permitiera seguir avanzando, superar obstáculos y, que, incluso, hoy día, con dificultad permite defender lo ya logrado.

 

Las consecuencias de esta política, el costo de los errores de estos aspectos de la política predominante en 1971, comenzaron ya a apreciarse a fines del mismo año.

 

En noviembre del año pasado, en un acto de homenaje a Moisés Huentelaf, héroe de las luchas campesinas asesinado por el momiaje, por primera vez hicimos publica, con claridad nuestras criticas a estas políticas. Anunciamos el enorme costo político que se pagaría por estos errores y llamamos al conjunto del pueblo y de la izquierda a dar viraje y así remontar el proceso. No solo no fuimos escuchados, sino que, incluso, fuimos acusados de agentes de la contrarrevolución, de extremistas y de desquiciados.

 

Semanas después, Fidel castro visitó Chile y alertó al pueblo de los peligros que le acechaban si se persistía en esta política. Criticó las debilidades en la batalla ideológica, las debilidades de la lucha política, la débil visualización del enemigo, la insuficiencia en la movilización de las masas.

 

En diciembre del año pasado, las clases dominantes iniciaron la actual ofensiva.

 

Primero fue la marcha de las cacerolas, en la que una jauría de pandilleros reaccionarios asoló las calles de Santiago por varias horas, realizando atentados e incluso, asaltando locales de partidos de izquierda.

 

Después vino la acusación constitucional al ministro del interior, que llevó a su destitución, lo que constituyó un primer intento de aprovechar las trincheras institucionales de los dueños de fundos y de fabricas para someter al gobierno a sus condiciones.

 

Luego vinieron las elecciones complementarias en O’Higgins, Colchagua y Linares, donde los candidatos de los patrones lograron derrotar al conjunto de la izquierda, evidenciando con ello el grado de fuerza que habían alcanzado y el deterioro político en la base de apoyo del Gobierno y de la izquierda.

 

Posteriormente, en el parlamento las clases poseedoras presentaron una Reforma Constitucional, que pretende crear la división en el seno del movimiento obrero e imponer desde el Congreso, condiciones de cogobierno al Presidente de la Republica, sellando en definitiva el estancamiento del proceso.

 

Pocas semanas atrás, la quinta columna de los patrones en la Unidad Popular, el PIR, se pasó, en definitiva, al campo de los enemigos de los trabajadores. Durante meses el PIR había conseguido en el Gobierno, lo que Fuentealba y Frei trataban de hacer desde fuera: frenar al Gobierno, amarrarlo, limitar su avance al más estricto legalismo.

 

Por último, hace dos días, un puñado de patrones y politicastros de cuello y corbata, lograron arrastrar a decenas de miles de chilenos a una concentración que demostró cómo el engaño y la mentira desde su prensa y su radio podían ganar voluntades para su inconfesable propósito de derrocar constitucionalmente al Gobierno, reprimir legalmente a los trabajadores y restaurar, con apoyo de masas, el privilegio de unos pocos.

 

Aún hay fuerza en las masas

 

Estos sucesivos golpes que las clases dominantes dejaron caer sobre los trabajadores terminaron por convencer a amplios sectores de la izquierda de la gravedad de la situación, del tremendo costo de los errores y del agotamiento de la política de 1971. Se hizo evidente el objetivo de la clase dominante de derrocar al Gobierno y una rica discusión se abrió en el seno de la izquierda, dentro y fuera de la Unidad Popular, acerca del golpe del timón necesario para rectificar los errores y remontar el proceso.

 

Esta discusión entre distintas corrientes de la izquierda se da condicionada por tres grandes hechos evidentes.

 

El primero, que estamos con una poderosa embestida de la clase dominante en todos los terrenos, que persigue a corto o a mediano plazo el derrocamiento del Gobierno.

 

El segundo, el evidente agotamiento de la política predominante que sectores de la izquierda impulsaron desde el gobierno en 1971, y que en ningún caso, permitirá encontrar la salida para la situación política em este año en el país.

 

 El tercero, que aún existen condiciones y fuerza en las masas y en la izquierda, para empujar el proceso hacia delante, hacia la conquista del poder por los trabajadores, en la medida en que el movimiento de masas aun esta dispuesto a ello bajo una conducción correcta, como lo hizo evidente la ultima concentración en Santiago de la izquierda, que de verdad, logró reunir cientos de miles de personas, quienes fueron a exigir una conducción que empujara hacia delante.

 

Todos estos hechos han creado una nueva situación en la izquierda, haciéndose evidente que existen, por lo menos, dos grandes corrientes: una reformista y pusilánime y otra revolucionaria.

 

La corriente reformista se plantea continuar y desarrollar al máximo los peores y más conservadores aspectos de la política predominante en el año anterior. Detrás de una imposible colaboración parlamentaria, pretende frenar el avance de los trabajadores, disfrazándolo de consolidación, o a lo más, tímidos y limitados avances que permitirían definir su política como la del paso de una tortuga.

 

Evidentemente, entre las tareas que considera fundamentales está el combatir corrientes revolucionarias, sin detenerse en los métodos. Ejemplo de esto son los ataques e injurias lanzados por distintos sectores en contra de algunas movilizaciones de masas, de nuestra organización y de otras corrientes revolucionarias de la izquierda.

 

Sin ir más lejos, algunos publicistas del diario “El Siglo”, que no podemos pensar que representen el pensamiento del conjunto de los militantes del Partido Comunista, han estado publicando afiches provocadores, injuriosos en contra nuestra, que buscan crear graves y definitivos enfrentamientos con el seno de la izquierda y del pueblo.

 

No se han detenido allí. No les ha bastado con injuriar a las corrientes revolucionarias de dentro y fuera de la Unidad Popular en Chile, sino que, además, han llegado a insultar gratuitamente a loa revolucionarios argentinos del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP), mientras otros han denunciado como terroristas de ultraizquierda héroes de la lucha revolucionaria de América Latina, como son los Tupamaros de Uruguay.

 

Son los mismos que culpan a las “tomas” del deterioro político del Gobierno, como sí la lucha del pueblo fuera una traba y no una palanca de fortalecimiento de la izquierda.

 

Son los mismos, también, que explican su difícil situación culpando al MIR, como si fuéramos nosotros los que gobernáramos y no ellos.

 

Son los mismos que atacan en la Universidad de Chile a Andrés Pascal, nuestro candidato a Rector, con el objeto de encubrir que su propio candidato, Felipe Herrera, ha sido traído desde las filas de los enemigos del pueblo.

 

Pero, afortunadamente, hoy mas que nunca, crece y se fortalecen las corrientes revolucionarias en el seno de la izquierda, dentro y fuera de la UP.

 

El pensamiento que une a esta corriente revolucionaria es la convicción de que solo avanzando se encontrará una salida revolucionaria al proceso, que en el estancamiento reside la fuente de la debilidad, que el avance del pueblo no puede negociarse con nadie, que no debe dividirse a la izquierda, sino unir a los revolucionarios.

 

Expresiones del fortalecimiento de las corrientes revolucionarias en la izquierda son la política revolucionaria para el campo levantada por un grueso sector de la Unidad Popular y el MIR en Linares, antes de las elecciones complementarias, la combativa movilización campesina impulsada en Ñuble y otras provincias, fundamentalmente por el Partido Socialista, la justa respuesta del Ministerio de Economía ante la prepotencia patronal de la SOFOFA, hace algunas semanas, la alianza de la Izquierda Cristiana con el Frente de Trabajadores Revolucionarios para la elección de algunas directivas provinciales de la Central Única de Trabajadores.

 

Este es el debate que se desarrolla en el seno de la izquierda.

 

Avanzar sobre fábricas y fundos

 

En estas condiciones se han abierto discusiones entre la comisión del Comité Político de la UP y la Comisión Política del MIR. No vacilamos en saludar como positivo el inicio, por tardío que sea, de estas conversaciones.

 

Más aún, no escatimamos esfuerzos en buscar el acuerdo que asegure el avance del proceso o, por lo menos, el grado suficiente de acuerdo que ayude a combatir la ofensiva reaccionaria y a evitar enfrentamientos fratricidas en el seno de la izquierda y el pueblo.

 

Estas conversaciones no han concluido aún y cuando así ocurra, informaremos oportunamente a los trabajadores. Pero desde ya, bajo el criterio de que nada hacemos a espalda de las masas, podemos informar que todo lo que allí lleguemos a acordar será solo en el sentido de seguir empujando la movilización de las masas en contra de sus enemigos, de avanzar con más fuerza que nunca sobre las fábricas y fundos. Esto es, que sólo podremos suscribir acuerdos que signifiquen el impulso y fortalecimiento de las luchas del pueblo y avances hacia la conquista del poder.

 

Esta discusión no puede limitarse a un encuentro entre cuatro paredes. Es la misma discusión que sostienen entre sí las distintas corrientes de la izquierda. Cual política predomine y qué grado de acuerdos se logren en estas conversaciones, dependerá fundamentalmente del arraigo que haya alcanzado el Programa Revolucionario en las más amplias capas de los trabajadores. Esta decisión está aún pendiente. Reformismo o revolución es la alternativa de la izquierda y del pueblo, cuando ya sabemos, después de un año y medio, que el reformismo conduce inevitablemente al fascismo, en las condiciones políticas actuales de Chile.

 

 La burguesía la decidió su camino: el derrocamiento del Gobierno de la Unidad Popular, la represión de los trabajadores y la restauración plena de los patrones y del imperialismo en el Gobierno.

 

Es la izquierda entonces la que tiene que decidir. Son los trabajadores los que tienen que hacer oír su voz. Sólo ellos pueden detener el fascismo en Chile en la medida que hay prendido vigorosamente en sus conciencias el Programa Revolucionario. Sólo este programa puede salvar a Chile del retroceso y la represión, acumular las enormes energías del pueblo todavía desaprovechadas y emprendida la tarea de la conquista del poder por los trabajadores.

 

Nosotros llamamos a los trabajadores de Chile a apoyar a los candidatos del Frente de Trabajadores Revolucionarios, encabezados por los camaradas Alarcón y Manque, diciéndoles que el programa que levanta el FTR no solo es el mejor, sino que es el único programa que asegura a los trabajadores que su marcha hacia la conquista del poder no se detendrá, sino que continuará decididamente hacia la victoria final.

 

Este es un momento de viraje decisivo en el proceso, en el que está em juego el destino de nuestro país y de nuestro pueblo.

 

Qué política, en definitiva, se imponga en el seno de la izquierda y entre los trabajadores; si la política reformista o la política revolucionaria, determinará si este país caerá en garras del fascismo o si emprenderá el camio de su liberación el camino de la construcción del socialismo en Chile bajo un Gobierno Revolucionario de obreros y campesinos.


viernes, 28 de agosto de 2020

MIR: 55 AÑOS JUNTO AL PUEBLO, HACIENDO CONCIENCIA Y LUCHANDO POR LA REVOLUCION – Parte VII


"La izquierda revolucionaria ante el triunfo de la UP se ve enfrentada a un proceso político que no controla, ni dirige, lo que no cuestiona en absoluto sus planteamientos estratégicos fundamentales, transformando su quehacer, desde una actividad netamente combativa en contra de la burguesía, en una actitud vigilante ante las posibles reacciones de la burguesía y el imperialismo en contra del Gobierno Popular, sin perder de vista sus objetivos"
“Documento interno sobre resultado electoral”, septiembre 1970


El MIR y el momento previo al período prerrevolucionario: el trabajo propio, la UP y lo electoral

En consonancia con el sentir de los sectores populares, que el MIR recogía a través del trabajo político al interior de los frentes; los diversos riesgos que conllevaban; y también las conversaciones entre el partido y la Unidad Popular UP, realizadas a un alto nivel desde diciembre 1969 y donde participaron Salvador Allende y Miguel Enríquez, el MIR decide suspender sus operaciones de expropiaciones armadas en marzo del 70. La última acción de éste tipo fue el 23/2/70, cuando el "Comando Rigoberto Zamora" expropia el Banco Nacional del Trabajo, del grupo Said-Kattan. Entonces, se informa que: “El MIR devolverá a todos los obreros y campesinos del país ese dinero, invirtiéndolo en armas y en organizar los aparatos armados necesarios para devolver (…) lo que les han robado todos los patrones (…), o sea, para hacer un gobierno obrero y campesino que construya el socialismo en Chile” (PF Nº 99, 3/3/70). El accionar de propaganda armada se suspendería, definitivamente, a fines de junio de 1970.

No obstante, la detención de las acciones ‘especiales’ no implicaba que el quehacer interno en éste ámbito lo hiciese. Conducido estrechamente por Miguel y la Dirección Nacional, éste se diversifica. Al tiempo que se continúa construyendo fuerza especial propia, se trabaja en la perspectiva de defender un eventual triunfo de la izquierda. Encabezado por Luciano, se inicia el trabajo de inteligencia contra la conspiración de la derecha y el gobierno yanqui para impedir el triunfo de Allende; se prosigue el trabajo político clandestino y de reclutamiento al interior de las diversas ramas de las FFAA y de Orden; comienza a construirse armamento casero en talleres propios; se fortalecen las unidades operativas; se acomete la constitución de milicias en los frentes dentro de un plan general de enfrentamiento ante un posible Golpe Militar, etc.

En relación con las tareas mencionadas, luego de amplias conversaciones con Allende y de conocerse planes de ataques reaccionarios en su contra (la CIA y transnacionales financian y equipan a comandos derechistas y uniformados golpistas tipo Viaux, ver telegrama del Dpto. Estado EEUU, abril 70), en los meses finales de la campaña (julio-agosto de 1970) el MIR asume la tarea de formar su primer Dispositivo de Seguridad (conocido después como GAP), lo que además le permitió acceder a recursos, infraestructura y entrenamiento militares. Quienes aportaron a la organización e instrucción de este primer dispositivo fueron comandos Boinas Negras, que habían sido expulsados del Ejército entre 1969-1970 por sus vínculos con el MIR. Algunos de estos también estaban ligados al PS, como era el caso del compañero Mario Melo Pradenas, ex teniente de las Fuerzas Especiales castrenses, el que luego de disgregarse el primer GAP, a comienzos del 71, continuó apoyando en tareas de adiestramiento a militantes del partido. Luego del Golpe Militar, 8 de esos compañeros exuniformados serían asesinados y 3 permanecen como desaparecidos, todos a manos de sus otrora colegas (Ver caso de Melo, un detenido desaparecido hasta hoy, en memoriaviva.com).

En el plano del trabajo político semi-abierto (recordemos que el MIR aún permanecía en la clandestinidad, luego de ser proscrito por el gobierno DC en junio 69), se aprovechó la agudización experimentada por la lucha de clases en el período y la coyuntura electoral de 1970 para penetrar en los sectores más radicalizados del movimiento popular. En este punto, el partido sostenía que el triunfo electoral UP, en septiembre de 1970 y la llegada al gobierno de Salvador Allende, en noviembre del mismo año, podría constituir un, “excelente punto de partida para la lucha directa por la conquista del poder por los trabajadores, que incorporando nuevos contingentes de masas y bajo nuevas formas de lucha, con seguridad terminará en un enfrentamiento entre los explotadores nacionales y extranjeros por un lado y los trabajadores por el otro.” (El MIR y el triunfo de Salvador Allende, 09/1970).

Con todo, en un análisis más detallado de las propuestas estratégicas y programáticas de la UP, el MIR tenía claro la esencia y limitaciones históricas del conglomerado. Así, se lo definía como un aspirante a un gobierno pequeño burgués reformista de izquierda, expresión de una alianza entre restos burgueses de un viejo bloque histórico dominante (fracción P. Izquierda Radical del P. Radical), el reformismo pequeñoburgués (Allende, tecnocracia y burocracia UP), el reformismo obrero (P. Comunista) y el centrismo de izquierda (P. Socialista y el MAPU). En un comienzo, su base de apoyo social era amplia e incluía a importantes sectores de la pequeña burguesía, de la clase obrera y pobres del campo y la ciudad. El proyecto político de la UP fue, en su esencia y en la práctica, un modelo reformista, de cambios graduales dentro del Estado de clase, lo que se expresaba en su celosa mantención y respeto del orden burgués, además de buscar el resguardo de su gobierno mediante una alianza con una fracción de la clase dominante.

Por el contrario, la estrategia del MIR reconocía la existencia en América Latina, y por ende también en Chile, de un bloque en el poder constituido por intereses imperialistas, en especial norteamericanos, y por las clases dominantes internas, ligados estrechamente por sus compromisos económicos, políticos y militares. Para el MIR, las contradicciones que atravesaban a los dos componentes del bloque en el poder no eran antagónicas, sino que estas sólo tenían relación con las formas y montos de las cuotas que les correspondían en el botín de explotación. Pero, por sobre estas contradicciones, prevalecía el interés común por mantener el sistema de dominación y explotación sobre el que se sustentaba su poder y su riqueza. Este marco referencial hizo que el Programa mirista se definiera como antiimperialista, anticapitalista y socialista. Para el partido, la composición del bloque dominante y la magnitud de sus intereses hacían inviable una estrategia de ocupación gradual de espacios al interior de la institucionalidad burguesa para, a partir de ello, avanzar al socialismo, como lo sostenía el conglomerado de partidos aglutinados en la UP. Esta percepción diferente del carácter que asumía la lucha de clases en Chile llevó a los más ácidos y violentos enfrentamientos entre el MIR y sectores más tradicionales dentro de la UP durante el período 19701973.

Ahora, ante la pregunta: ¿cuál será la reacción de la burguesía cuando los trabajadores intenten adueñarse de la tierra y las fábricas?, hecha por la dirección mirista poco después del triunfo de Allende en las urnas (4/9/70), su respuesta era “clara y categórica” (y premonitoria):

“La burguesía y el imperialismo defenderán a muerte sus intereses, que son los que le da existencia como clase. Cuando los trabajadores sean los dueños de la tierra y de las fábricas, no necesitarán a la burguesía ni al imperialismo (al contrario), de lo que podemos deducir que la burguesía no firmará voluntariamente su acta de defunción. / La burguesía y el imperialismo tienen sus organismos de defensa (sus aparatos represivos) y usará la fuerza armada para definir cualquier situación que atente en contra de sus privilegios, por eso es válido nuestro planteamiento que dice lo siguiente: / ‘La solución a los problemas de Chile es sustituir el sistema capitalista dependiente por un sistema socialista. Pero, el establecimiento de este sistema, por su carácter antagónico con el capitalismo, se obtendrá después de un agudo enfrentamiento de clases, enfrentamiento que tiene por objetivo destruir a la clase dominante (la burguesía) y a los instrumentos con los cuales ésta domina (Estado, FF.AA.). Este enfrentamiento, en definitiva, será un enfrentamiento armado, por lo cual nos preparamos para luchar con el pueblo, nos preparamos para organizar al pueblo (...)” (“Documento interno sobre resultado electoral”, MIR, septiembre 70).

De cara a lo electoral, el MIR siempre fue claro en rechazar las elecciones como una vía posible para el acceso popular al poder político. Las consideraba, “la renovación formal de las partes constitutivas” del Estado burgués, asumiendo que, “Toda la superestructura legal y jurídica de la sociedad actual fue construida por la clase dominante según sus necesidades, y los límites de ella fueron establecidos para la conservación del poder en sus manos”. Por ello, “Toda otra ilusión de pretender competir por la conquista del poder en ese terreno, no sólo es una soberana imbecilidad, sino también una búsqueda de la derrota por anticipado”. En la práctica:

“quienes se propongan combatir, no sólo al capital extranjero, sino también a sus más íntimos aliados y representantes nacionales: las burguesías industrial y agraria; quienes combatan contra el imperialismo y contra el capitalismo también; (…) los que en definitiva estén por una revolución fundamentalmente socialista, deben rechazar las elecciones y desarrollarse al margen y en contra de ellas, como expresión de la legalidad que pretenden destruir” (“Posición del MIR: elecciones, no; lucha armada único camino”, enero 1969).   

Dicha posición, si se observa con atención, no cambia en los meses previos a la elección de Allende. De hecho, refrendando que el MIR no se subía por atrás al carro de la victoria UP, declara que:

“En mayo de este año [1970] nos propusimos públicamente no llamar a la abstención, no desarrollar actividades electorales propiamente tales y no dedicarnos a la búsqueda de votos por los clásicos métodos de la Izquierda; así lo hicimos. Como lo afirmáramos entonces, desarrollamos una intensa actividad política en los sectores más empobrecidos del movimiento de masas y pusimos nuestro esfuerzo en empujar las movilizaciones de los trabajadores por sus reivindicaciones por métodos revolucionarios. En la medida de nuestras fuerzas lo hicimos en las luchas obreras (…), entre los campesinos (…), entre los mapuches (…), entre los obreros del carbón, los textiles (…), entre los pobladores en las tomas (…), y entre los estudiantes secundarios y universitarios a lo largo de todo el país. Como lo dijimos en mayo y en agosto [de 1970], desarrollamos nuestros nacientes aparatos armados y los pusimos al servicio de una eventual defensa de un triunfo electoral de la Izquierda. Así fue durante 1970, así fue el 4 de septiembre y así es actualmente” (El MIR y el triunfo de Salvador…).

Desde la elección del presidente Allende, el MIR definió su relación con éste como una alianza informal de “apoyo crítico”. Fue una interacción compleja, de unidad estratégica en el objetivo común de construir un Chile socialista y una democracia revolucionaria, y -a la vez- de fuertes tensiones por las discrepancias tácticas sobre cómo hacerlo.

Pero he aquí una línea de crítica histórica, que alcanza hasta hoy, debido a la declinación del MIR a alentar la campaña electoral de la UP, a integrarse a esta o bien en tareas gubernamentales, además de parecerles bastante soso aquello de un ‘apoyo crítico’. Al parecer, el origen de dicha queja proviene de quienes se alejaron del partido a mediados del 69 (ofuscados por la materialización de lo planteado en el documento Posición del MIR: elecciones, no; lucha armada único camino”), en especial centristas y trotskistas, destacándose entre estos últimos Luis Vitale, quien en su Historia del MIR, asevera que:

“(…) el MIR cometió uno de los mayores errores políticos de su historia al no llamar a votar por la candidatura popular de Allende, insertándose en las bases de sus miles de comités independientes, de los cuales pudo haber emergido como un partido de cuadros con gran apoyo e influencia en los sectores populares y en las bases de los partidos de izquierda. Sus 2500 militantes podrían haberse multiplicado si se hubiera acordado esa posición táctica” (p. 29).

Aún en la actualidad, a 50 años del triunfo de Allende, se puede escuchar a compañeros, inclusive de raigambre mirista, considerando como un error en la política del MIR su no adscripción sin más a las políticas de la UP y su proyecto reformista.

Unos y otros caen en las mismas falacias y errores en cuanto al escarnio al que someten al MIR por su aparente desamor por el gobierno allendista. Sin duda, la causa es su ignorancia política y sobre el período.

La principal falla de los fustigadores del MIR sobre el particular consiste en creer, sin una reflexión política de fondo, que la UP estaba deseosa por empujar a la mayoría popular de trabajador@s, campesinos, pobladores y capas medias asalariadas por la senda de un cambio radical que les condujese al Socialismo. En realidad, el período prerrevolucionario fue una carrera contra el tiempo para el MIR y los sectores revolucionarios, los cuales intentaban –efectivamente- impulsar tal orientación al interior del pueblo; en circunstancias que, esa misma disposición, era postergada y hasta reprimida por gran parte de la UP.

De haber aceptado el MIR apoyar acríticamente a la UP, de integrarse inclusive en tareas de gobierno, habría comprometido las tareas estratégicas que se venía planteando desde su creación. No hubiese podido libremente desarrollar su política de construcción de embriones de Poder Popular: las Asambleas Populares (como la Asamblea del Pueblo levantada en Concepción, julio 72); los Comandos Comunales y Provinciales, y sus símiles en el ámbito Campesino; los Cordones Industriales; los Comités de Abastecimiento Populares; proyectos que prefiguraban la nueva sociedad socialista en espacios poblacionales, como el de ‘Nueva La Habana’; etc. No podría haber impulsado un nuevo ciclo de acciones directas de campesinos, trabajador@s, estudiantes y mapuche, desplegadas en el período prerrevolucionario contra intereses patronales y que la UP atacó; hubiera sido imposible para el MIR llamar a la reagrupación de los revolucionarios de dentro y fuera de la UP cuando, a fines del 72, la burguesía evidencia su golpismo (y frente al cual la UP hizo la vista gorda o lo minimizo), etc. ¡Y para qué hablar sobre atreverse a insinuar algo de su estrategia de Guerra Popular!

Finalmente, los potenciales ‘aliados’ evidentemente no deseaban uno del estilo del MIR. Una prueba irrefutable de ello fue el asesinato a manos de integrantes de las JJCC del compañero Arnoldo Ríos Maldonado, un mirista y estudiante de la U de C, en diciembre de 1970. Y vaya, vaya lo que decían sobre el MIR los medios oficiosos de la izquierda tradicional: “Por supuesto que en la integración de los organismos de la campaña [de la UP] (…) nada tienen que hacer los ultraizquierdistas, ni como grupos ni individualmente. Ellos no tienen interés en fortalecer las posiciones de las fuerzas antiimperialistas y antioligárquicas”, El Siglo, 8/2/70. Huelgan los comentarios.      


Movimiento de Izquierda Revolucionaria
MIR